Eran las dos de la mañana, y estaba durmiendo con las olas rompiendo en la marea alta como fondo. De repente, me despiertan unos golpes en la puerta del puesto. Unos borrachos, pensé. Solo hay un caserío al otro lado de la ria, por lo demás, yo soy el único que duerme en varios kilómetros a la redonda.
Borrachos eran los que aporreaban las puertas, pero llevaban uniforme. Dos picoletos (Guardias Civiles), que se habían tomado la última ronda de aguardiente en el bar de la playa que habían cerrado hacía unos minutos. A gritos, pistola en mano, deslumbrándome con sus linternas, me hacen bajar del puesto, y me ponen contra la pared. Uno, que apestando a alcohol, me coloca el cañón de una pistola en mi sien izquierda, y la amartilla. Mientras tanto, el otro me cachea, pese a que estoy en bañador. Igual decepcionados de que no sea una gran amenaza, me preguntan que si hay armas o equipamiento para hacer bombas en el puesto de socorro. Me rio ante lo incongruente de la pregunta y la situación. Hostiazo en las costillas. Ya no me rio. Me esposan a las escaleras del puesto, entran y lo ponen todo patas arriba, la camilla, los botiquines de emergencia, mis cosas.
Cuando salen sin encontrar nada, cabreados, me quitan las esposas, y me piden el carnet de identidad. Aunque sospechaba lo que iba a pasar, no estaban para bromas, así voy a por la cartera, y doy el DNI al que no me había puesto la pistola en la cabeza. Me dobla dos esquinas el cabrón. La próxima vez que me pidan la documentación en un control antiterrorismo, verán que tengo las esquinas dobladas, lo que para ellos quiere decir que me han detenido dos veces sin poder acusarme de nada. Es decir, que seguramente soy un borroka. Con lo cual, me doblarán otra esquina, y me encerrarán en prisión preventiva para interrogarme. Mientras se alejan, uno de ellos dice con acento Andaluz; Putos Vascos...
Cuando se fueron, entré en el puesto a por una botella de alcohol de desinfectar y una revista. Puse la revista en la arena, la moje con el alcohol, tiré el carnet encima, y lo quemé, para luego no tener problemas. Tardé varios años en volver a sacarlo. Mi raciocinio era simple, si me detenían en el casco viejo porque igual había movida, sin carnet, era obligatorio que te llevaran a comisaría de policía, que está enfrente de mi casa. Muy conveniente, cuando uno está borracho, se ahorra el pateo a casa, y la madera no da tantas hostias como los picoletos. Otro día contaré un interesante encontronazo que tuvimos mi cuadrilla con ellos. Otro día.
